viernes, 2 de enero de 2009

Desarrollo Sostenible: ¿esperanza o coartada?

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NELSON MÉNDEZ

[Publicado en EL LIBERTARIO, # 36, Caracas, 2004]

Rodeada por 8000 policías, en un escenario donde la miseria se disimuló con esmero, la III Cumbre de la Tierra, o Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible, se realizó en Johannesburgo, Sudáfrica, en septiembre de 2002. De nuevo los dirigentes del planeta se sintieron autorizados para jugar con nuestra dignidad y con la vida de nuestros descendientes. Ni calendario ni objetivos marcados, sólo piadosas intenciones. Esta Cumbre, bloqueada por el principal emisor de gases carbónicos del mundo, Estados Unidos, fue un paso atrás respecto a la de Río de Janeiro, más centrada en las cuestiones de energía y biodiversidad. ¿Hemos de asombrarnos por ello? Un militante de Greenpeace hizo un balance escueto: "Es peor que todo lo que hubiéramos podido imaginar".

Abundancia: de sueño a pesadilla

En la década de 1960, la tecnocracia prometía, con apoyo de datos estadísticos y modelos matemáticos, progreso tecnológico y expansión económica ilimitados. La sociedad de la abundancia se iba a convertir en condición primordial para la emancipación humana. Aparecía una nueva religión, la del crecimiento. El rechazo de las limitaciones naturales, la perspectiva exaltada de transformar al ambiente, el principio de eficacia, la voluntad de poder, la fascinación por la innovación técnica: todo se conjugaba para centrar la civilización en la producción de bienes materiales. Y el único indicador del bienestar considerado por los que decidían era el famoso PIB (Producto Interno Bruto).

Sin embargo, en los años setenta, tales promesas empiezan a levantar sospechas. Aparecen voces contra esas perspectivas de futuro, contra la huida hacia delante, contra lo ilusorio y absurdo de la exaltación consumista, contra el riesgo de sacrificar el porvenir al presente. Se habla de "cambio de rumbo", de "crecimiento cero". Confusamente, nace una angustia ante los fracasos del progreso, percibido como una trampa que se atrapa a sí misma. La primera Cumbre (Conferencia Mundial de Estocolmo sobre el Medio Ambiente en 1972) busca responder a esas inquietudes. Va a surgir un concepto: el "desarrollo sostenible", definido como "desarrollo que responda a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de responder a ellas por parte de las generaciones futuras". De forma más precisa, el proceso mediante el cual un país se hace capaz de aumentar su riqueza de manera duradera (sostenida) y autónoma, y de repartirla "equitativamente" entre los individuos. Este concepto de desarrollo se distingue del mero crecimiento económico, pues iría acompañado de transformaciones políticas, sociales e institucionales.

La ciénaga del reformismo

En mayo de 2002 se publicó un informe preparado por 1100 científicos (_El porvenir del medio ambiente mundial_). Sus conclusiones fueron sombrías: en 30 años, el 70% de los actuales entornos ecológicos vírgenes se habrán destruido, un gran número de especies desaparecerá y, en secuela a la devastación ambiental, la organización social se desplomará en numerosos países. Muchos de los riesgos medioambientales tienen dimensiones mundiales: agotamiento o enrarecimiento de las energías fósiles, modificaciones climáticas por el efecto invernadero, grave escasez de agua de aquí a 20 años en varias regiones del globo, degradación de los suelos, contaminación de diferentes áreas. En lo socioeconómico, el balance es también desastroso: persistencia de la sub-alimentación y mala nutrición (ochocientos millones de personas sufren hambre), agravamiento de desigualdades sociales (el 20% de los más ricos se reparte el 82% de los ingresos mundiales), flexibilidad laboral, desmantelamiento de los servicios públicos (alojamiento, salud, agua, educación, transportes), precariedad, exclusión (dos millardos de habitantes del planeta "viven" con menos de un dólar diario).

A pesar de su impasible cinismo, los apóstoles del crecimiento no pueden negar totalmente realidades tan siniestras. Tomando conciencia de la extrema gravedad de los problemas, reconocen sin pestañear que la idea de un islote de riquezas en un mar de pobreza es intolerable (¡favor no reirse!), afirman astutamente que los poderes de la ciencia, de la técnica, de la industria, deben ser controlados por la ética, desconfían a la vez del catastrofismo que desespera y del optimismo que adormece, apelando con emoción al "civismo planetario" y concluyen muy naturalmente con el crecimiento como remedio para todos los males... especialmente a los del propio crecimiento.

Algunos ven en la "simplicidad voluntaria", es decir, en el rechazo al consumo ciego, en adoptar estilos de vida más sobrios, la solución a todos los problemas. Pero no se trata de una propuesta válida para el conjunto de la sociedad, sino en el plano personal. O sea, mientras que gentes valerosas aceptan, para salvar al planeta, llevar vida de eco-ermitaños, la élite puede seguir comiendo caviar, montando en vehículos de gran cilindrada y, ocasionalmente, permitirse alguna que otra excursión espacial. Sin embargo, otros son más lúcidos. "Toda esta Cumbre (de Johannesburgo) no hace sino legitimar las actuaciones del librecambio, es un fracaso total", se oye decir. El gran capital y la OMC (Organización Mundial del Comercio) entorpecen la Cumbre, y algunos ecologistas se quejan. "Las empresas están animadas fundamentalmente por su voluntad de beneficio. Las condiciones medioambientales y sociales han de someterse a las condiciones del comercio", dice Ricardo Navarro, presidente de Amigos de la Tierra Internacional (¡qué perspicacia, que precisión de análisis! Lástima que no llega a ninguna conclusión).

Capitalismo y Estatismo a juicio

Es conocida la capacidad del capital transnacional para hacer valer sus intereses en el plano político, en plena concordancia con los esfuerzos de los Estados (grandes o pequeños) por acrecentar su poder sobre la sociedad a través de toda clase de regulaciones políticas medioambientales y energéticas, que antes que detener han favorecido la voracidad del capitalismo globalizador. Salvo diferencias secundarias, ambos poderes siguen estrategias convergentes que al ejecutarse están liquidando al patrimonio natural e hipotecando la vida de futuras generaciones. Estos criminales no retrocederán ante nada y se encarnizarán en el sabotaje sistemático de todo proyecto que limite el crecimiento y, por tanto, el beneficio. Basta con escuchar al portavoz de la Casa Blanca: "El consumo fuerte de energía forma parte de nuestro modo de vida, y el modo de vida americano es sagrado".

Debe comprenderse que la noción de desarrollo sostenible es incompatible con la naturaleza misma de este sistema. Al capitalismo le es inherente el derroche, así que lo fomenta: disminución de duración de bienes de consumo, imposibilidad de repararlos, multiplicación de objetos desechables, publicidad que favorece la renovación incesante de artículos, de nuevos modelos, de presentaciones o embalajes, etc. Para satisfacer el apetito del beneficio, artificialmente se estimula la demanda. En esa competición cada vez más feroz, el reto nunca ha sido satisfacer necesidades fundamentales, la mejora del nivel de vida o la utilidad social, sino más bien el aumento de las cifras. Ni que decir que para esto el Estado ha sido encubridor y copartícipe esencial.

El capitalismo sólo puede dar lugar al derroche de recursos naturales. Porque no hay ninguna proporción razonable entre el tiempo de los grandes ciclos físico-químicos, de los mecanismos que aseguran la estabilidad del ecosistema, y la búsqueda inmediata del beneficio. Porque la ciencia económica, la que justifica el capitalismo, no se preocupa ni de lo que antecede ni de lo que sigue al ciclo producción-consumo. Porque los precios bajos de las materias primas promovidos por las transnacionales incitan al consumo creciente, a una dilapidación de los recursos. Porque si los mercados pueden producir riqueza, no la reparten con equidad. Porque la búsqueda del beneficio engendra y necesita una acumulación de capital cada vez mayor. El capitalismo debe crecer o morir; por ello, la lógica de crecimiento infinito que le caracteriza, que permite un modo de vida basado en el consumo de un capital no reproducible y físicamente insostenible.

El escenario más dramático sería la pasividad, o al menos la ausencia de reacciones significativas. La facultad de adaptación y de absorción del sistema capitalista es considerable (la descontaminación se ha convertido en un mercado jugoso), mientras que el cinismo de sus defensores no tiene límites, en particular de los Estados que han convertido este tema en coartada para incrementar sus poderes reguladores. Miseria, desigualdad, opresión y destrucción del medio natural son los motores del capitalismo, por eso todo combate consecuente a favor de un desarrollo sostenible ha de ser por necesidad anticapitalista y anarquista. Cuando, vía privatización o estatización de los recursos naturales, la supervivencia de la especie humana está en juego, la revuelta no es un derecho, es un deber. Si la juventud actual no lo comprende, lo lamentará amargamente. Y quienes no contribuyan activamente a la toma de conciencia de esta juventud a la que dejaremos tal desastre, tienen su parte de responsabilidad.

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